Radio Elite

Que horrible noche para tener una maldicion.

Es irónico que cuando estas en México obtienes mejores puestos hablando ingles, aqui sucede lo mismo: el hablar Español ha sido una de mis mas grandes ventajas en este mundo corporativo tan competitivo.


Total que nos convocan a una junta, y el problema era mas que evidente, necesitamos mas apoyo con los casos de Europa (principalmente Sevilla y Barcelona), asi que una vez mas era hora de demostrar que soy un "team player" y dado que nadie mas habla Español fluidamente, la decisión fue mas que obvia: estar a cargo del turno nocturno de 12 de la noche, a 8 del día. Decidí que no tenia caso alargar 1 hora de comida, puesto que salir a esas horas no era practico, me aventaría las 8 horas de corrido, y tal vez tener un pequeño aperitivo en el escritorio.

11:49 PM Iniciamos el primer día, ya listo manejando de noche llegue a las oficinas, una vista tétrica, como si la obscuridad te llamara con agudo silbido que no es muy audible, pero te cala hasta lo mas profundo del culo, como si un enano se columpiara de tus huevos, por la mañana y en invierno. Dos o tres carros estacionados, que se pierden en la inmensidad de la noche, juro que oí a un lobo aullar, y eso que no es área propensa. De un lado del estacionamiento hay cinta policiaca de esa amarilla que ponen cuando hay alguna construcción o algo.

Me aproximo a las puertas giratorias, todo es silencio, mas allá de pensar "esto es cool" sentía un ligero escalofrío por mi cuerpo. - vamos no puede ser tan malo - me repetía en la cabeza, pase a dejar mi lunch en el refrigerador, y me dirigí a mi oficina, no sin antes verificar que el guardia de seguridad estaba ahí.

Dispuesto a trabajar y olvidarme de tan lúgubre atmosfera que me rodeaba, conecte mi laptop y empecé a revisar mi correo. 

1:12 AM Decidí ir a orinar, en mi camino me tope con el viejito de mantenimiento, sonreí levemente, sin mirarlo a los ojos, agradecido en cierta parte de que hubiera mas gente en las oficinas. Lave mis manos con jabón perfumado, di un vistazo al espejo, ahí estaba yo rodeado de soledad en aquel sanitario.

1:50 AM Hay un pinche chillidito (creo que proviene del aire acondicionado) que me esta cagando los huevos.

2:23 AM Puta madre, es como un tikitikitiki no me deja concentrarme, necesito resolver estos casos, ya han estado pendientes por varias horas, a quien se le ocurre deshacer los bonds de 2 nics que están trabajando bajo Adaptive Load Balancing?

3:04 AM Voy al refrigerador por mi lunch, en lo que estoy ahí esperando a que se caliente mi comida congelada se acerca el guardia de seguridad, nunca cruzamos mas de 2 palabras, pero supongo el día de hoy se vería forzado puesto que tenia que esperar el horno de microondas después de mi. Después de preguntar 2 o 3 trivialidades le comente acerca del sonido que proviene del aire acondiciado, el dijo no haberlo notado, pero que le informaría a mantenimiento en la mañana. Me dice:

- Que triste es la vida verdad?
- A que te refieres?
- Que no supiste del accidente de la tarde?
- A chinga, cual accidente?
- Shaun, el de mantenimiento, callo desde arriba mientras limpiaba los vidrios de afuera, ahí cerca del estacionamiento, se le va a extrañar.

3:08 AM Enviando un email a mi jefe para solicitar cambio de turno los fines de semana.





Posted on martes, julio 27, 2010 by Megabyte and filed under | 11 Comments »

Me estare convirtiendo en humano?

En una junta de trabajo, los directivos pidieron voluntarios para ir a Chicago, ya que con los recientes cambios en la economía, se había convertido en una hemorragia de presupuesto con sus sueldos altísimos, y en alguna junta durante un juego de golf, en el séptimo hoyo, alguien tomó un fuerte trago de whisky en las rocas y partiendo sus labios erradicó el futuro de quinientas almas y sus familias.

Siendo un joven ejecutivo ansioso por demostrar mi madera, rápidamente levanté la mano, con la mirada determinada y una pequeña sonrisa que he practicado frente al espejo, que demuestra una autosuficiencia y confianza en mí mismo que contradice mi edad, constante obstáculo. Me sorprendí al no ver otra mano en el aire de los 46 brazos presentes. Algunos entrecerraron los ojos intentando entender por qué me había ofrecido para semejante odisea, mientras otros se hicieron de la vista gorda, furiosamente escribiendo en sus Blackberries, como queriendo ahorcarles un cuello diminuto.

Recibí semanas de entrenamiento de recursos humanos, del departamento legal, de los gerentes, de los directivos, y presentaciónes de Powerpoint pasaron frente a mis ojos como carrusel, con los colores corporativos presentes en pequeños cuadros decorativos en la esquina inferior derecha en cada diapositiva. Me sentí como el elegido, aquel Perseo que preparaban para recuperar la cabeza de Medusa. Imaginé volviendo victorioso de aquel viaje de una semana, trayendo enormes noticias, hablando sobre cómo logre voltear completamente las actitudes de cientos de empleados que marchaban a la miseria, como en siglos atrás los ancianos hundían a las crías malformadas en gélidos ríos, trayendo paz para todos.

Conecté en Denver, me quité los zapatos y los puse en una caja, poniendo la laptop en otra. Yo me pregunto si el agente de seguridad se extrañó al verme sonriendo, tras ver tantas caras enfadadas el resto del día. "Voy a cumplir mi misión, y nada me puede detener", hubiera comentado si me hubiese preguntando, y si la declaración no me hubiera provocado un encierro de mínimo siete días sin abogado.

Instalándome en un Marriot cinco estrellas, ordené cuidadosamente mis zapatos, pantalón, camisa y corbata, en el orden en el cual me los pondría. Ajusté la alarma para levantarme una hora antes, habiendo confirmado en el GPS un tiempo estimado de 22 minutos para llegar a la sede de Chicago, 45 con tráfico. Me imaginé un par de semanas después a la cabecera de la larga mesa en el salón de teleconferencias. La luz a medio ardor, e hileras de cabezas volteando en mi dirección, sonriendo en expectativa. Se prendería el enorme proyector frente a mí, y una silla alta de cuero negro giraría lentamente ciento ochenta grados, hasta que el CEO me recibiera con un afectuoso saludo, pronunciando mal mi nombre. Enlistaría mi gran valor en tiempos de adversidad, mi breve pero espectacular trayectoria, y tras tres o cuatro minutos, se disculparía por su breve intervención y se desconectaría, al mismo tiempo que elevarían las luces de la sala a su máximo nivel, y una ensordecedora ronda de aplausos me llenaría de orgullo, y por más que les dijera que pararan de aplaudir, se rehusarían, tomando turnos para darme un incómodo saludo de medio abrazo al estilo Americano, y alentándome con alguna frase corporativa genérica. Sentí un escalofrío de la emoción y me fui a dormir.

Estacionando mi Accord 2009 de renta en el estacionamiento, entré a la majestuosa sede de Chicago, en los suburbios al noroeste. Adornada en un estilo art deco, caminé por un largo pasillo hasta llegar a la oficina de unos de los directivos. Salvo por haberlo visto previamente en el directorio corporativo, jamás hubiera imaginado que era un director. Sin corbata, una barba crecida de tres días, y unos ojos rojizos delataban una persona bajo ocho kilómetros de presión marítima, a punto de colapsar. Para no sentirme incómodo, me metí a un ritmo de conversación practicada, fluyendo rápidamente y expresando mi agradecimiento tras haber sido seleccionado para la enorme oportunidad frente a mí, pero bien pude haber estado hablando del clima, o de mi familia, puesto que simplemente asintió lentamente, viendo a través de mi corbata algún punto del más allá. Ya no estaba ahí.

Me sentó en mi escritorio temporal y me pasó una serie de documentos que detallaban las diferentes olas de despidos, con el ingenioso y ambiguo título "Schedule of Separation of Employment", la cual tenía una larga lista de nombres y fechas, en las cuales habrían de correr a todos. Me explicó que varios de los empleados llevaban años trabajando en la empresa, y calificarían para un finiquito considerable, de lograr llegar hasta las fechas. De la forma más indirecta y políticamente correcta, me insinuó que era mejor encontrar motivos legalmente factibles para correrlos, y evitar dicho desembolso.

Patrullando los pasillos, estornudé constantemente por el polvo que levantaba el desmantelamiento de los cubículos, destinados a la nueva sede en algún pueblo de fanáticos de Nascar con sueldos risibles. El ambiente era tenso y amenazante. Nadie sonreía, e hice todo lo posible por no entablar una conversación con nadie, disparando mi sonrisa corporativa en ráfagas, quizá unos cuántos grados menos expresiva. Sentí navajas en mi espalda nomás pasaba las hileras, y supongo que varias veces recibí el saludo de un sólo dedo.

El primer día, logré separar tres empleos. Dos por uso de celular dentro de zona prohibida, y uno más por excederse por veinte minutos de su media hora de comida. La rutina era pedirles un minuto de su tiempo, llevarlos hasta afuera de la instalación en una sala de juntas, y una vez fuera pedirle a Seguridad que desactivara su tarjeta de acceso. En un cuarto, estaba la gerente de recursos humanos, lista para entregarles sus documentos de separación, y una extensión de su cobertura médica. Mi corazón casi estalla las tres veces, mi cuerpo disparando adrenalina como pozo petrolero, preguntándome si sabían a dónde los llevaba. Probablemente sí. Nada como caminar en silencio por un largo pasillo, un par de pasos más enfrente, mientras el condenado hace lo posible por arrastrar los pies, pensando en la conversación con su familia esa noche.

Informándole mis logros al final del día al director, en vez de darme las gracias, simplemente preguntó que si qué dijeron los empleados. Al decirle que no estuve ahí, simplemente los llevé con recursos humanos, murmulló algo que no alcancé a entender. Me sentí algo decepcionado al no recibir una felicitación, habiéndole ahorrando a la compañía un promedio de doce mil dólares por persona, calculando las antigüedades.

Al día siguiente, no logré captar ninguna violación de las políticas de la empresa. Nadie me regresó la sonrisa, pero curiosamente no sentí miradas hostiles. Listo para empezar mi día, llegúe a mi escritorio para encontrar una impresión de una foto de Hitler pegada con una tachuela en mi cubículo. Sentí como mi cara se tornó roja, pero no demostré ninguna emoción. Tranquilamente saqué mi laptop y me puse a trabajar. Decidí dejar la foto de Hitler donde estaba.

Al tercer día, no saludé a nadie, y me fui directamente a trabajar. Concluí que no lograría captar a alguien violando alguna política abiertamente, y me puse a analizar desempeños, monitoreando el flujo de trabajo. Bingo. Usando sistemas de monitoreo remoto, logré capturar varias violaciones de usos inapropiados de sistema- gente pendejeando en internet. Logré correr a dos, y una vez más volvió el orden. Tras revisar lo que probablemente fueron cientos de pantallas, no logré encontrar nada. En el estacionamiento, logré ver a un grupo de empleados reunidos, y cuando salí me voltearon a ver detenidamente. Me subí a mi carro y me fui, pero antes de entrar al hotel me aseguré de no encontrar rayaduras en la pintura.

Cuarto día. Un reporte me advirtió que un empleado no estaba en su escritorio como debía. Tras buscar por los pasillos, me lo encontré hablando en la cafetería por celular. Sostenía una conversación emotiva, y su voz desquebrajada indicaba mucha angustia. Interrumpí tosiendo levemente detrás de él, y al voltear, le indiqué que debería estar en su escritorio trabajando. Tras avisar que regresaría la llamada, se paró, y viéndome directamente a los ojos, me preguntó, "¿Qué me vas a hacer? ¿Correrme? De todas formas me van a correr en dos semanas." Quisiera haber reaccionado con mi rápido y entrenado léxico corporativo, pero me averguenzo al aceptar que no encontré las palabras adecuadas, y sentí que no era prudente agitarlo. Recursos humanos procesó su separación por insubordinación.

Esa noche, no pude dormir. Me desperté jurando que alguien estaba tocando la puerta. Puse la cadena y me asomé, pero los largos pasillos del Marriot estaban vacíos. Me entraron unas enormes ansias por fumar. En vez de bajar al estacionamiento, abrí la ventana, dejando entrar el frío aire, y pegué unas pocas fumadas antes de aventar el cigarro desde el séptimo piso, perdiéndose en la nieve.

El quinto día, decidí no buscar motivos por separar a nadie. Llegué con ropa semi-casual, como era costumbre los viernes, y me puse a trabajar en unos reportes. No accesé el monitor de empleado alguno, ni me molesté en revisar si todos estaban trabajando. Vagué por los pasillos un rato como fantasma. Todos ya sabían mi propósito, pero me habían aceptado como alguien acepta que las alcantarillas lleven ratas y los inviernos traigan cerros de nieve que cubren sus casas. Viendo el directorio corporativo, me puse por primera vez a ver las caras de los empleados. Caras felices y sonrientes, algunos con corbata desde el primer día, listos para trabajar, para forjar amistades, y para alimentar a sus familias. Para pagar la colegiatura de sus hijos, para comprar un segundo carro para sus esposos y esposas, para pagar la hipoteca de sus casas, para juntar fondos de retiro. Para tener seguro médico, para comprar las pastillas de sus hijos paraplégicos. Para alimentar su alcoholismo, para comprar más drogas antidepresivas, para ahorrar para un viaje a Europa. Para viajar, para escapar de la realidad, para vivir una vida plena. Para alcanzar la felicidad.

En la cafetería, me topé con un hombre cuyo chocolate se había atorado en una de las máquinas. Golpeaba el vidrio e intentó moverla, pero al verme acercarme, desistió inmediatamente y se dio por vencido. Mientras se iba yendo, le dije que se esperara. Compré el mismo chocolate, y la máquina escupió por fin el mío y el suyo. Le di su chocolate, estirando mi primer sonrisa en días, una sonrisa genuina, lejos de mi sonrisa practicada. Y el también sonrió, y me dio las gracias.

Fui a la oficina del director, pero se había ido a mediodía. El no perdería su trabajo, pero tendría que irse al pueblo rural, de menos de 25,000 habitantes. Dejé mi reporte en su escritorio, y salí a comer, atragantándome con un steak y camarones scampi, asegurándome de conservar mi recibo.

Al final del día, moría por regresar a Nuevo Mexico. Me sentí como un completo extraño, y entendí por qué mis compañeros con más experiencia se rehusaron a participar. Quise imaginar aquella conversación en el campo de golf, entre presidentes y vicepresidentes, entre accionistas y ancianos multimillonarios. Quise imaginar el preciso momento en el cual un grupo de contadores analizaron una hoja de Excel, y en vez de ver números negros, los vieron rojos.

Regresando a la oficina, decidí empacar e irme temprano también. Mi trabajo había terminado. En vez de sentir una enorme satisfacción, me sentí completamente vacío, sabiendo que bien no había sido necesario separar a los empleados de esa semana. Cierto, a las pocas semanas sus empleos se cerrarían y desmantelarían el resto de los cubículos, pero bien unas pocas semanas de sueldo podrían hacer una gran diferencia.

Empacando mi laptop, guardé unos cuántos documentos y trituré otros pocos. De pronto, me percaté de algo: ya no estaba la impresión de Hitler. ¿El hombre del chocolate? Sonreí y me fui en mi carro rentado, y no me molesté en revisar la pintura del carro.

En mi vuelo de regreso, no encontré las palabras que pensé que fluirían al llegar a la oficina al siguiente lunes. ¿Cómo estuvo? Me preguntarían. Viendo las gruesas nubes por la ventana, sentí un alivio al dejar la blanca ciudad de Chicago. Sentí también un alivio al saber que no me esperaba un Nazi en la oficina en Rio Rancho. En saber que al volar acumulaba millas para más viajes y premios. Al saber que habría comida en mi casa, y gasolina en mi carro. Atrás quedaron mis ilusiones de grandeza al ser el filoso joven ejecutivo, capaz de cumplir cualquier cometido, y de demostrar lo atrevido y objetivo que soy.

Simplemente, es el trabajo de mis sueños, es el trabajo que me permite crecer, aprender, y a la vez, soñar. Y ése es un lujo que por lo menos quinientos quisieran.
Posted on miércoles, julio 21, 2010 by Megabyte and filed under | 18 Comments »